jueves, 06 de agosto de 2020
Opinión/ Creado el: 2017-01-27 03:29

Sobre la corrupción

Ernesto Cardoso

Escrito por: Redacción Diario del Huila | enero 27 de 2017

Ha sido recurrente en la historia universal que el ser humano se incline hacia conductas lesivas o contrarias a la ética, la moral e incluso abiertamente ilegales.

Tal condición humana desde luego no se predica de la gran mayoría sino que por el contrario, caracteriza a unos pocos que no obstante ser minoritarios en el conjunto de la sociedad, agreden y violentan sanos principios y valores con lo cual han logrado imponer una especie de cultura del delito y del crimen.

Para muchos reputados sicólogos, sociólogos y politólogos existe un común denominador en la conducta de tales delincuentes y éste es sin duda alguna, el desaforado deseo por obtener dinero y bienes materiales con los cuales pretenden alcanzar o mejorar su estatus social.

Pero existe una categoría especial de delincuentes llamados de “ cuello blanco “, los cuales generalmente provienen de familias acomodadas económica o socialmente, o que siendo de origen social humilde; comparten una tendencia hacia la codicia, es decir, aquél deseo desesperado por obtener riqueza rápido y fácil, con el propósito deliberado de ejercer poder económico, social y /o político.

En nuestro medio, ésta clase de codicia la venimos observando con abrumadora rapidez y preponderancia, en muchos de nuestros  dirigentes políticos, con honrosas pero escasas excepciones; ya sean congresistas, ministros, gobernadores, alcaldes, diputados, concejales o gerentes y directores de los organismos del Estado.

El asunto ha llegado ya a extremos tan intolerables que el cinismo y la desfachatez con que vienen actuando ha despertado una verdadera oleada de rechazo e indignación en todos los estamentos ciudadanos, pues ya se afirma, sin objeción alguna que la corruptela de la politiquería se apropia anualmente de más de 20 billones de pesos de los ingresos fiscales del Estado, es decir, de los impuestos que pagamos los colombianos.

Pero claro, en este lamentable escenario, los organismos de control del Estado y la Rama Judicial, han sido sus primeras víctimas; pues con el abundante dinero obtenido por tales delincuentes han logrado sobornar y corromper a muchos de sus integrantes, los cuales aprovechan los vacíos y lagunas que los legisladores dejan deliberadamente en Códigos y Leyes; o sus investigaciones y juzgamientos son permeados por las simpatías o connivencias partidistas o de grupo.

Lo más grave es que cada cierto tiempo, los medios de comunicación y algunos sectores de opinión publican investigaciones sobre escandalosos hechos de corrupción que conducen a la presunta toma de medidas correctivas que se quedan en el papel, mientras que el fenómeno se torna cada vez más agresivo y preocupante.

Los casos recientes de ISAGEN-REFICAR-ALIMENTACIÓN ESCOLAR-INVERSIONES DE REGALÍAS- CONECTA- INTERBOLSA-ODEBRECH, constituyen, entre otros, el mayor ejemplo de la codicia de nuestros dirigentes y la metástasis del cáncer ético y moral que los devora.

Por tanto, no extraña la oleada de rechazo e indignación que viene creciendo como espuma en los ciudadanos de bien, los cuales no entienden como literalmente se roban los recursos y al mismo tiempo diseñan y aprueban una reforma tributaria que esquílma los precarios ingresos de la inmensa mayoría de los colombianos.

Pero algunos pretenden de forma equivocada o hasta con el fin de desviar la atención, señalar que la causa del mal está en la ley de la contratación pública, o en la legislación penal; cuando la gran realidad es que aquél reside en el ser humano que arrastrado por la codicia, ha erigido al dinero como el Dios de sus vidas, con el cual obtienen éxito, reconocimiento y poder.

Ha llegado pues la hora de que los valores éticos y morales sean rescatados con el fin de enderezar el rumbo de nuestra sociedad. Volver la mirada al Dios creador del universo y dueño de la vida para que restaure y convierta esos corazones de oropel en corazones de carne humana, humildes, serviciales y respetuosos de los bienes ajenos.