sábado, 15 de agosto de 2020
Enfoque/ Creado el: 2020-04-04 01:39 - Última actualización: 2020-04-04 01:40

“Tanto amó dios al mundo”  (Jn. 3,16)

Si vivimos paso a paso los “Días santos”, estamos llamados a experimentar esa maravillosa realidad que trae a nuestro existir cada paso del Salvador, desde su entrada triunfal a Jerusalén.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 04 de 2020

Por Mons. LIBARDO RAMÍREZ GÓMEZ*
Obispo Emérito de Garzón
Email: monlibardoramirez@hotmail.com

 “Dios es amor”, es su definición en el Nuevo Testamento (I Jn. 4,8). Todo cuanto El realiza, la creación entera, es fruto de su amor, y, luego, un gesto infinito, la redención de los seres humanos con el envío de su propio Hijo a hacerse uno de ellos para salvarnos. Es esto  cuanto hace exclamar a Jesucristo al hablar de su propia misión: “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito para que el  que crea en El no perezca” (Jn, 3,16). Pero los momentos cumbres del amor divino los conmemoramos los cristianos en la Grande Semana, llamada con razón “Semana Santa”. Es toda ella, desde el Domingo de Ramos hasta ese “tercer día” de su Resurrección (Mt. 27, 40), colmando todos sus días, aún el de su muerte, de alegría infinita. Es el  “Aleluya” que sigue resonando de generación en generación.    

Qué gozo tan infinito experimenta el  creyente en Jesús, gozo que no se turba  por nada en el corazón del creyente, que crece cada día  bien vivido  en la tierra, y que será el que absorbe  por eternidad de eternidades cuando se llega  a ese fin maravilloso, único que da plenitud al ser humano. “Este gozo no va a pasar”, cantamos en celebraciones que nos hacen sentir ese indecible regocijo  de sentirnos amados por un Dios que es nuestro Padre  y poder decir: “Sonríe, Dios te ama”, que es expresión y vivificante invitación, sabiendo sí que lo único que hemos de temer es el pecado grave que corta de un tajo esa comunicación, elevado a infinito vacío  y que interrumpe ese gozo maravilloso fruto de la amistad con Dios. 

Si vivimos paso a paso los “Días santos”, estamos llamados a experimentar esa maravillosa realidad que trae a nuestro existir cada paso del Salvador, desde su entrada triunfal a Jerusalén, que fue voluntad del Padre que  se realizará como momento de júbilo que fortalecería su espíritu para soportar las amargas penas que Jesús mismo experimentara, en momentos supremos cómo en el Huerto de los Olivos y el sentirse cubierto por los pecados de la humanidad, por lo que ofreció todo  al Padre, con expresiones de esperanza y seguridad (Lc. 22, 42 y Lc. 23,46).

Los diálogos de  Jesús en los primeros días de la Gran Semana, la institución de la Sagrada Eucaristía en compartir con los suyos y herencia preciosa en memoria de lo que seguía, su pasión, muerte y resurrección, siempre en confiada oración al Padre, a quien todo lo ofrecía. La misma despedida de María, que compartía sus penas, la voz del ladrón arrepentido y reconocimiento de su divinidad del Centurión  ante su muerte, verdaderamente digna ofrecida al Padre, confortaron su espíritu y nos dejó ejemplo de infinita confianza y de alegría en  medio de las mayores penas.

Toda la reflexión anterior me la ha inspirado el Espíritu Santo, a quien siempre invoco para mí mismo, para familiares y generosos lectores, y que comparto desde medios de comunicación abiertos a difundir pensamientos que confortan y alegran el alma. No es ambiente de “angelismo” sino de realismo espiritual que bondadosamente concede Dios a quienes con sencilla fe nos acercamos a Él, y dedicamos tiempo y reflexión para que su influjo divino nos dé estas aplicaciones a  las que invitamos darle ingreso a nuestro vivir, algo de suprema importancia, dejando de lado toda   indiferencia ante esas voces de lo alto.

 “Aleluia! ¡Aleluia”. Es voz exultante de la Iglesia en la madrugada de la resurrección del Señor. Es justa expresión ese grito jubiloso que se suprime en los días de penitencia, pero que debe estar siempre en quienes sentimos en el corazón la presencia del amor divino, que en ninguna circunstancia, fuera del pecado, hemos de darle cabida  los creyentes.